Por Oscar Carrasquel
La casa montonera. No son seres humanos pero es lo más parecido al hombre, se levantan, crecen y van al debacle en la ancianidad. Sus años de gloria quedaron en el pasado.. Allí
está la casa agachada sobre la acera, resistiendo la ausencia de sus antiguos moradores que la
habitaron por muchos años. Tanto sus viguetas
de madera de corazón rojo, como su techumbre de caña amarga y tejas coloradas que la mantienen con vida y evitan que se
hunda.
En la foto que presentamos la casa del finado don Hermogenes
Rodriguez, con sus matas, sus pájaros
sin jaula, jardín florecido y su salón comedor, ha soportado unas cuantas décadas.
Cuando yo era un adolescente visitaba la vetusta
casa estaba bella por fuera y por dentro. Nos anima escribir esta crónica
sentimental por la sorpresa que nos causa su estado actual.
La conocimos desde aquellos lejanos años 50, sabíamos y conocimos al señor Hermogenes Rodriguez, natural de Valencia, estado Carabobo. Un hombre delgado, catire, pequeño de tamaño, patriarca de una gran
familia villacurana.
Aquellas personas que visitaron esta familia se encontraban con el alma buena de su esposa oriunda de Santa Rosa del sur, doña Carmen Narcisa Nieves de Rodríguez, de trato amable y cariñoso y sus bellas hijas villacuranas.
Se trata de una casa de estilo antiguo con sus amplios y aireados corredores y al frente un gallardo
jardín cultivado de rosas, regadas todos los días y bien podadas, que la mantenía bonita, con potes
sembrado de matas de helechos. Su frente
pintado de blanco brillante con una línea de zócalo azul y almagre cubriendo la larga fachada. Sus ventanas de madera de balaustre, con doble postigo para miradas
furtivas.
Al
fondo del patio estaba el taller
de carpintería y fábrica de fustes, una estructura de madera de cedro para fabricar sillas de montar a caballo, situado en
el cruce de la calle doctor Manzo. Existía
lo que llamaban el “portón de campo” por dónde entraban y salían las carretas de
mula que iban a cargar fustes para las talabarterías, o hacerle alguna reparación a la carreta.
A uno se le metía por los oídos el
ruido de la sierra y el golpe del martillo en el yunque para los metales.. Y en los ojos el hollín que despedía la labranza de la madera. Dentro
del taller estaban en su puesto de trabajo una suma de artesanos en su diaria faena.
Don Hermógenes Rodriguez fajado en el taller gozaba del afecto y la confianza de su gente. Acompañando en la lucha cotidiana por sus hijos varones que fueron su orgullo.
El taller de manufactura tenía piso de tierra, un árbol grande de samán al lado del galpón y árboles
frutales.
Al pasar por el frente usted los veía
en plena jornada. La gente andaba pendiente era de trabajar, allí estaban el
catire Luis Albert, el hombre metido en un paltó; el “mastro” Víctor Rojas Esáa el popular “Washington”; Félix González desde
pequeño apodado “el niño”: Antonio Ysaya, mejor conocido como “el mono Ysaya” y
don Miguel Ascanio que llegaba pedaleando una bicicleta de paseo. Nadie estaba pendiente de otra cosa que no fuera de su
trabajo. Siempre con el humorismo propio del villacurano..
Es lamentable que en cualquier esquinas y lugares de nuestra ciudad existan casas en el olvido, dando lástima el abandono. Y cuando menos esperamos llega la máquina Caterpillar, la piqueta, el martillo, el transportista del camión
volteo para llevarse un pedazo de historia de una generación, como si se tratara de cosas viejas e inservibles. De esta
manera estamos permitiendo que a nombre del progreso se le cambie el rostro a la periferia de nuestra querida Villa de
Cura.
Sin embargo, podemos constatar que, sin buscarlo, nuestros antepasados le pusieron marca a sus pasos, por lo cual este bello sitio bajo un cielo gris que parece llorar, seguirá llamándose por fuerza de la costumbre la “esquina de Hermógenes Rodríguez”, conocida también como la “esquina de Gerardo Breto”, en donde cualquiera se estaciona para tomarse una sesión de fotos con su familia para el recuerdo.
Oscar Carrasquel. La Villa de San Luis, Tricentenaria
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