martes, 13 de enero de 2026

VIVIENDA Y FABRICA DE FUSTES DE DON HERMÓGENES RODRIGUEZ.


Foto tomada  por el retratista  Ramón Alfredo Corniel, optimizada por Félix Humberto Herrera.

 Por Oscar Carrasquel

La casa montonera. No son seres humanos  pero es lo más parecido al hombre, se levantan, crecen y van al debacle en la ancianidad. Sus años de gloria quedaron en el pasado.. Allí está la casa agachada sobre la acera, resistiendo la ausencia de sus antiguos moradores que la habitaron por muchos años.  Tanto sus viguetas de madera de corazón rojo, como su techumbre de caña amarga  y tejas coloradas  que la mantienen con vida y evitan que se hunda.

En la foto que presentamos la casa del finado don Hermogenes Rodriguez,  con sus matas, sus pájaros sin jaula, jardín florecido y su salón comedor, ha soportado unas cuantas décadas.

Cuando yo era un adolescente visitaba la vetusta casa estaba bella por fuera y por dentro. Nos anima escribir esta crónica sentimental  por la sorpresa que nos causa su estado actual. La conocimos desde aquellos lejanos años 50, sabíamos y conocimos  al señor Hermogenes Rodriguez, natural de Valencia, estado Carabobo. Un hombre delgado, catire,  pequeño de tamaño, patriarca de una gran familia villacurana.

Aquellas personas que  visitaron  esta familia se encontraban con el alma buena de su esposa oriunda de Santa Rosa del sur, doña Carmen Narcisa Nieves de Rodríguez, de  trato amable y cariñoso y sus bellas hijas villacuranas.

Se trata de una casa de estilo antiguo con sus amplios y aireados corredores y al frente un gallardo jardín cultivado de rosas, regadas todos los días y bien podadas, que la mantenía bonita, con potes sembrado de matas de  helechos. Su frente pintado de blanco brillante con una línea  de zócalo azul y almagre cubriendo la larga fachada. Sus ventanas de madera de balaustre, con doble postigo para miradas furtivas.

Al  fondo del patio estaba  el taller de carpintería y fábrica de fustes, una estructura de madera de cedro  para fabricar sillas de montar a caballo, situado en el cruce de la calle doctor Manzo. Existía lo que llamaban el “portón de campo” por dónde entraban y salían las carretas de mula que iban a cargar fustes para las talabarterías, o hacerle alguna reparación a la carreta.

A uno se le metía por los oídos el ruido de la sierra y el golpe del martillo en el yunque para los metales.. Y en los ojos el hollín  que despedía la labranza de la madera. Dentro del taller estaban en su puesto de trabajo una suma de artesanos en  su diaria faena.

Don Hermógenes Rodriguez fajado en el taller gozaba del afecto y la confianza de su gente. Acompañando en la lucha cotidiana por sus hijos varones que fueron su orgullo. El taller de manufactura tenía piso de tierra, un árbol grande de samán al lado del galpón y árboles frutales.

Al pasar por el frente usted los veía en plena jornada. La gente andaba pendiente era de trabajar, allí estaban el catire Luis Albert, el hombre metido en un paltó;  el “mastro” Víctor Rojas Esáa  el popular “Washington”; Félix González desde pequeño apodado “el niño”: Antonio Ysaya, mejor conocido como “el mono Ysaya” y don Miguel Ascanio que llegaba pedaleando una bicicleta de paseo.  Nadie estaba pendiente de otra cosa que no fuera de su trabajo. Siempre con el humorismo  propio del villacurano..

Es lamentable que en cualquier  esquinas y lugares de nuestra ciudad existan casas en el olvido, dando lástima el abandono. Y cuando menos esperamos llega la máquina Caterpillar, la piqueta, el martillo, el transportista del camión volteo para llevarse un pedazo de historia de una generación,  como si se tratara de cosas viejas e inservibles. De esta manera estamos permitiendo que a nombre del progreso se le cambie el rostro  a la periferia de nuestra querida Villa de Cura.

Sin embargo, podemos constatar que, sin buscarlo, nuestros antepasados le pusieron marca a sus pasos, por lo cual este bello sitio bajo un cielo gris que parece llorar,  seguirá llamándose por  fuerza de la costumbre la “esquina de Hermógenes Rodríguez”, conocida también como la “esquina de Gerardo Breto”, en donde cualquiera se estaciona para tomarse una sesión de fotos con su familia para el recuerdo. 

Oscar Carrasquel.  La Villa de San Luis, Tricentenaria

 

 

 

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