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!Que gusto es recordar el tiempo ido! uno aprende de los personajes esenciales llenos de historias. Era grato observar a mitad del siglo xx las pisadas del vendedor de pan por todas direcciones. Les cuento que la comunidad de Las Tablitas y franjas aledañas, se acostumbraron a la presencia de la figura de don Rosendo Martínez. Un comerciante informal que se dedicó con tesón a llevar el pan hasta la puerta de los hogares. Se hacía acompañar, y algunas veces encaramado del lomo de un manso burrito.
Sobre cada lado, cargaba sendos canastos de mimbre repletos de algunos tipos de pan.: Pan dulce y salado, catalinas rosadas y oscuras, señoritas, bizcocho redondo y rebanadas. Pero mayor era el inventario de pan de piquito, también conocido como pan francés “de a locha" y recortes de dulce.; cargaba en la bata una libreta de rayas y un tocón de lápiz para anotar los fiados con plazo de una semana. Sus proveedores panadería El Comercio, la más famosa de la Villa, y la panadería “La Modelista” de Francisco J. Parra, situada en la calle Sucre.
En los días pascuales no se daba abasto, por la cantidad de encargos de pan de jamón de pierna, receta casera de Juan Pancho y sus ayudantes, a tres bolívares la unidad, para acompañar a la hallaca en la cena de nochebuena, familias ricas y pobres hacían una cola desde temprano.
Don Rosendo fue fundador de la dinastía Martínez Rodriguez, muy apreciada familia de empatía en Las Tablitas, Habitó con su familia una casa solariega de bahareque , que todavía existe, ubicada en el callejón 1, hoy calle Mateo Vargas, a 100 metros antes de llegar a la “caja de agua”.. Fue don Rosendo Martínez un hombre de trabajo y padre de familia responsable muy apreciado. Fuera de su labor era bochador en cualquier patio de bolas criollas. Tambien hacía el papel de juez "coime".
Rosendo se casó con la apreciada matrona doña Adela Rodriguez de Martínez. Sabemos que la señora Adela se distinguió por ser la hacedora de las célebres arepitas dulces de antaño, y bollitos dulzones degustados con un café por los patinadores, y feligreses que salían en cambote de las misas de aguinaldo. Quizá por ser un hombre de contextura delgada y bajo de estatura, la fonética del habla no lo llamaban por su primer nombre completo. En el pueblo atendía por “Rosendito”, sobre todo en la calidez de los amigos cercanos. Lo cierto es que su alimento tuvo mucho auge, por ser el pan de trigo un alimento con sabor de antaño. Todos sabíamos que debido al surgimiento de las panaderías de portugueses, se fue imponiendo la modernización. El viejo panadero dejaba en la puerta de cada casa, ocho panes de piquito en una bolsa de papel kraft, por un bolívar, y si usted lo deseaba adquirir al detal, una locha por unidad.
Tuvo fama de caminador el burro de Rosendito, siempre conservó la rapidez, soltura y agilidad de cuando era pollino. El sonido producido por los cascos en su galope por la tierra seca alegraba almas y corazones, traía el aroma del pan de trigo
Entonces, emergió de la sabiduría popular un dicho para sentenciar a todo aquel que realizaba una gestión urgente o andaba con mucha prisa; cien por ciento le iban a disparar el refrán tradicional de aquel tiempo ¡Andas más apurado que el burro de rosendito!.
Aquel panadero nunca le cerraban la puerta todo el año. Un día, no recuerdo la fecha, lo vino a recoger la muerte a Villa de Cura, a llevarle lo único que poseía, la vida.



