Imagen cortesía dee Félix Humberto Herrera
Por Oscar Carrasquel
Quien esto escribe no conoce en La Villa otra persona que fuera tan amante de la cría de perros como era la señora Isabel Anzola, eran como su pole. Algunos hogares se precian en tener a estos entrañables amigos de la humanidad. Así sea uno, dos, o más; los abrazamos y le damos cariño, viajan con sus dueños a la playa, al campo y la ciudad, en carro o en avión, como si fuera de la misma familia.A mediados de los años 50 en la calle Guárico, hoy calle Rafael Bolívar Coronado, habitaron el barrio La Represa dos personajes muy apreciados del sector. La pareja Isabel Anzola y Antonio ( nadie investigó su apellido para todos era sencillamente Antonio Cagantina) Debió ser por su reducido tamaño, los dos eran nativos del llano guariqueño.
.El sobrenombre “la sancocho” lo adquiere la señora Isabel, porque no podía haber dinero en la cartera, pero no le faltaba todos los días una olla de sancocho de costilla de res, hirviendo en el patio de su casa. La pareja no tuvo tiempo de contraer matrimonio, no tuvieron descendencia, "vivimos encuerados"; así decía ella, pero la verdad es que eran felices y se amaban mutuamente. Doña Isabel era muy generosa y de buen vivir; a los niños les repartía dulces, caramelos, chucherías y refrescos. Isabel era imagen y semejanza de ese personaje de la serie de televisión norteamericana que llaman “El encantador de perros”.
La Sancocho era dueña de una cría de más de una docena de perros de diversos razas y tamaños, entre ellos dos padrotes de gran tamaño, parecían pichones de rinocerontes; consentidos, vigorosos, ninguno pasaban hambre, aprendieron desde pequeños a entender el modo de vida de su patrona. Quería a sus canes como si fueran de sus engendras. No eran agresivos pero sí celosos guardianes de la casa. A Isabel se le derribaban encima todos al mismo tiempo y ella los abrazaba, acariciaba y consentía, tenía una particularidad, ella se conocía de memoria el nombre de cada uno machos y hembras. Entre las cosas que logro recordar, uno blanco puro atendía por el nombre de “Campeón”, otro se llamaba “Tarzán” y el más grande y hermoso "Sultán", fieles como unos hijos, por donde quiera que se echara a rodar la señora, la hilera de perros andaban detrás escoltando a su dueña. Si alguno se consumía de viejo y moría, la doña se conmovía, enseguida lo enterraba en el solar. Ella nos pasó a nosotros la inolvidable mascota "Greta", una negra guardián de los muchachos, cariñosa y fiel.
Antonio, su marido era un hombre pequeño de tamaño,. Isabel en cambio era una mujer alta, delgada, vestida de falda larga, sin estética, sin maquillaje;Yo recuerdo que mi mamá le confeccionaba los vestidos, Isabel era fumadora cotidiana humeaba cigarrillos marca Capitolio con la candelilla para dentro rozando la boca. Su faena cotidiana consistía en tejer capelladas para el alpargatero Julián Rojas, tejía en un bastidor de fabricación casera y además, familiarizada con la cocina. En el patio colocaba una lata mantequera “Los Tres Cochinitos”, montada sobre tres topias, atizada con leña, repleta de sancochoa su alimentación y para compartía con toda la familia canina.
Antonio, desde que llegó del llano fue chofer de camión del almacén de Martín Hernández R. ubicado en la calle Bolívar, dicho oficio lo paseó por distintos pueblos del llano guariqueño y apureño. Cuando llegaba de viaje le hacían rueda alrededor de una hamaca. Un catire bohemio excelente cuatrista del barrio “La Represa” de nombre Pedro Viña, coplero improvisador y buena copa, bajaba con un cuatrico en la mano y le proveía música folclorrica para alegrar el ambiente.
Marido y mujer se la llevaban muy bien, apegados a beber la refrescante y exquisita cerveza. Antonio, a quien no le avergonzaba en nada su tamaño, era muy enamorado amigo de tirarle piropos a las damas en plena calle, se olvidaba que a Isabel le molestaba su actitud, por ese motivo entraban en discusión en la vía pública. La cosa no pasaba a mayores.
La pareja por la tarde-noche acostumbraba a refugiarse en el "Bar Deportivo” de Pompilio Martínez, , donde se entregaban a oír música de rokola, y aprovechaban los sábados, para elaborar y sellar sus cuadritos del 5 y 6,. Allí también permanecía la manada de perros, esperándolos, al lado de las puertas batientes del bar, hasta que la dueña decidiera salir ya avanzada la noche.
No me viene a la memoria cuál de los dos se marchó primero a los predios celestiales. Hace más de seis décadas que duermen el sueño de la eternidad. Atrás quedó aquel mundo creado por ellos y cuyo recuerdo no lo ha podido borrar el tiempo.
Oscar Carrasquel, La Villa de San Luis, Tricentenaria