DE LOS ENCUENTROS CON OLDMAN
Por Oscar Carrasquel
Estamos poco a poco llegando en firme a entrada de aguas, te escribo desde la misma mesita del garaje donde siempre nos sentábamos a dialogar y se hacían lentas las horas, teniendo atrás la frescura del Semeruco en el patio, con la ramazón en flor y un regalo de trinos refrescando el ambiente. Una tacita de café negro, siempre que la leña para la candela no estuviera mojada (una broma) Leíamos y comentábamos lo divino y lo que conmueve. De aquí se devolvía con el maletín debajo del brazo, para afinar detalles con el editor-escritor Inocencio "Chencho" Adames.
¡Ah tiempo ese! Recuerdo aquel día 5 de febrero de su cumpleaños que prepare un picadillo a la llanera que tanto te gustaba, aderezado con salsa de catara elaborada en las comunidades indígenas de Puerto Ayacucho.
De allá de la oficina municipal le entregaba correspondencia y literatura de parte de un amigo cordial llamado don Manuel Henríquez, Cronista Oficial de Puerto Ayacucho, Municipio Atures. Oldman sabía lo que era el verdadero valor de la amistad. Cómo no lo iba saber, si lo pregona en "El Credo" el poeta Aquiles Nazoa.
Esa vez reaccionamos con lágrimas de dolor: Hasta siempre Oldman. Hasta siempre hermano. Lo más significativo es que no se
puede hablar de grandeza intelectual, si no evocamos el nombre de Oldman
Botello González. Genéricamente nacido en esta tierra villacurana, pero reconocida su vida de historiador en casi todo el país, porque de su pluma inteligente surgieron obras de otras grandes ciudades y
pueblos de Venezuela, reconstruyendo su pasado, libros imprescindibles en cualquier biblioteca..
Al cielo te fuiste y abrazar
a aquellos del mismo tronco que te precedieron en el viaje final, a sanar dolores, como la reciedumbre de su padre Luís Manuel; la dulzura de la pequeña Zobeida y del pana Manuel Antonio. Recuerdo con afecto a doña Irma González de Botello, la matrona, la hacedora de los ricos y mejores
roscones dulces, según dijo en una oportunidad el historiador doctor
Guillermo Morón.
A su esposa Jennifer, sus hijos Wanda y
Olaf Vincent; y su hermano Pedro; esto, naturalmente no los consuela, siguen vigentes llorando su ausencia, le renovamos
el pésame.
Fuente consultada Prof.Yezenia Varganciano.
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