Por Oscar Carrasquel
Era un placer
dialogar con Rosendo Castillo Márquez, natural
de la región de los Andes, allá en aquella tierra nevada se levantó. Siendo muy
joven se trasladó a la capital guariqueña. Nació en el municipio ZEA, estado
Mérida. Atraído por la hospitalidad de su gente, fue convencido por su amigo don Serapio Herrera
para que se quedara en su fundo en Malpica El Toro. Ya no fue más para San Juan
de los Morros. Posteriormente fijó residencia en la calle doctor Manzo sur, a
una cuadra de la esquina “El Coco”.
Con Dios y Virgen y
dos grandes canes que le protegían y servían de compañía, una hembra llamada “Muñeca” y uno
macho de nombre “Rifle”. Durante años
desempeño el trabajo de sereno o guachimán, tuvo a su cargo la vigilancia de la
mayoría de los establecimientos comerciales y almacenes mayoristas, ubicados en
las calles Bolívar y Comercio, cuando esta calle desembocaba en la calle Bolívar
y Villegas.
Que recuerde la memoria de su hijo José
Castillo, custodiaba los comercios más importantes toda la noche, Almacenes La Violeta, Farmacia Central,
Arepera La Única, entidades bancarias, la
Tienda de Cuadros, Panadería El Comercio, Panadería La Reina; sastrería La
Criolla de Diego Rattia; el negocio de Norberto Ramón Vásquez y los almacenes
de Francisco Matute y Manuel Melo. Allá en la Arepera La Única, una madrugada
tuvimos la oportunidad de conocernos y conversar con el Paisa.
El hombre era
como un reloj despertador, para uno que debía salir a trabajar o necesitaba
viajar a Caracas en los carritos de Paco Villalobos o Rafael Éxime. Para las
mujeres que llevaban maíz al Pilón de Savery. Allí estaba como un reloj don Rosendo Castillo llamando a la hora
indicada.
Como es bien
sabido, el reloj de la iglesia San Luis Rey daba la hora y la media hora. El
Paisa era el compañero ideal de los estudiantes, hembras y varones en la plaza
Bolívar y Miranda, con sus sillas extensibles, los que se preparaban para los exámenes
finales, brindándoles una taza de café negro. Se enfilaba calle arriba y calle
abajo. Cargaba un machete “cola de
gallo” debajo de la exila, y del brazo
zurdo le colgaba una tapara con agua fresca y un termo repleto de café colado.
Y un poncho de hule por si acaso un chaparrón. La calle Real ya no es la misma,
en ese tiempo no había vendedores ambulantes ni buhoneros.
Lo saludaban
con cordial ademán y respeto las personas que regresaban en la madrugada de
alguna fiesta o reunión de algún club social. Y el respondía con la mano en
alto y una suave risa (foto).
Siempre
conservó su fe en Dios. Amó y fue amado. Se enamoró y casó en San Juan de los
Morros con Gisela Lombano de Castillo, de los Lombano de San Sebastián de los Reyes, procrearon y
levantaron cinco mujeres y dos varones, son ellos, Lina Rosa, María Alicia, Lourdes, Erlina,
Vilma Teresa, José y Victor Castillo Lombano.
Todos los conocimos
en la Villa como un hombre trabajador que realizó varios oficios, en los claros
del día se dedicaba a limpiar solares y recolectar escombros en un camioncito
volteo, con el cual también trasportaba arena del río Guárico, desde el sector
Quebrada Onda para la construcción de viviendas en la Villa.
En 1958 cuando se crearon y se establecieron las empresas de
vigilancia, y las cámaras de seguridad, despareció la figura del guachimán pateando
las principales calles por la noche las calles del pueblo.
Don Rosendo
Castillo, mejor conocido como “El Paisa” se marchó de este mundo, a los 76
años. Para yacer sus restos mortales en la tierra villacurana que tantó amó Hoy en día transitamos de madrugada la calle Bolívar y en
la mente podemos recordar el reflejo de nuestro alegre “Paisa” solidario sereno
Oscar Carrasquel. La Villa de San Luís,
Tricentenaria
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